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THE HAUNTING IN CONNECTICUT
 
El Nuevo Herald

Una retorcida pesadilla
 

Cartel promocional de THE HAUNTING IN CONNECTICUT

A los Campbell (Virginia Madsen, Martin Donovan) les ofrecen una señorial casona campestre, con la ventaja de un mes gratis de alquiler. Suficiente para inspirar dudas, pero los impulsa una emergencia: necesitan mudarse cerca del hospital donde su hijo adolescente (Kyle Gallner) recibe tratamiento semanal para su avanzado cáncer. La familia, por supuesto, ignora que la casa fue antes funeraria con mala fama de espectrales ocurrencias.

The Haunting in Connecticut deriva de The Amityville Horror, con surtidos y siniestros toques pedidos a préstamo a The Shining, Psycho y The Exorcist, pero al director debutante Peter Cornwell no le falta insidia con qué agregar horripilancias de su propio subconsciente, fructífero en imágenes de retorcidas pesadillas.

Como el joven Kyle se balancea entre la vida y la muerte, es idealmente receptivo para mensajes de los infieles difuntos, gráficamente escenificados por Cornwell. En el apogeo de la funeraria, le arrancaban a los muertos los párpados con pestañas, para preservarlos como señuelos de brujería en polvorientos estuches. Hay colección de fotos de clientes fallecidos, en capilla ardiente o túmulos mortuorios. Kyle hace especial contacto con un juvenil médium que daba sesiones espiritistas, donde densas neblinas de ectoplasma emergían de sus crispados labios. Todo se observa en primer plano y, por si fuera poco, en el sótano hay pirámides de cadáveres insepultos y a medio embalsamar.

Madsen, Donovan y especialmente Gallner muestran macabra dedicación en su oficio de poner los pelos de punta. Reciben experta colaboración de Elias Koteas, como un clérigo que asume la misión de exorcista por la libre. Los espejos reflejan fugitivos fantasmas, las luces se encienden y apagan a voluntad de poderes mefíticos y hay abundancia de escalofríos para cualquier adicto al género de ultratumba.

The Haunting in Connecticut dice basarse en un caso verídico de la comarca y en la conclusión afirman que el cáncer de Kyle se desvaneció inmediatamente después que la casa maldita ardió hasta los cimientos. La madre agradecida por el milagro se dedicó a dar conferencias relatando su año bajo el terror. Claro que en el guión los nombres se cambiaron y se fueron a filmar bien lejos, en Winnipeg, Canadá. Como cine, no es nada del otro mundo -ni mucho menos de éste- pero el novato Cornwell le da sinuosa convicción de ''créalo o no lo crea''. Aun sin tener mucha fe en la historieta, hay que admitir que mete mucho miedo.


Fuente: Rene Jordan - EL NUEVO HERALD, 3 de Abril de 2009

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