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PARÍS, PARÍS
 
EL PAIS

Teatro Paradiso
 

Cartel promocional de PARIS PARIS

Cuando se consigue un éxito tan multitudinario como el de Los chicos del coro, se llega a una encrucijada de caminos ante la que el director debe tomar partido a la hora de proseguir su carrera como cineasta. A un lado hay un sendero empedrado, amenazado de lluvia y mal señalizado; supone un cambio de registro, una huida de lo ya experimentado, trillado y conseguido. El otro extremo, en cambio, está asfaltado, parece luminoso y aparentemente fácil de transitar; sólo hay que proseguir con la metodología de antaño y fabricar una y otra vez Los chicos del coro. El francés Christophe Barratier ha optado en París, París por el camino más fácil, el del autoplagio, pero el viaje se le ha acabado atragantando.

Puede que ambas opciones sean igual de válidas; de hecho, hay directores que (casi) siempre hicieron la misma película y fueron unos maestros (en lo suyo). Pero gente como Giuseppe Tornatore sabe lo difícil que es repetir sensaciones como la complicidad, la ternura, la amabilidad, el humor, la tragedia y la nostalgia con las dosis adecuadas. Cinema Paradiso sólo hay uno. Es como dar por una vez con el sabor de la Coca-Cola sin saber exactamente su fórmula. Imposible de repetir.

En medio de un fascismo latente, previo a la invasión nazi de Francia, Barratier ha creado un edulcorado melodrama alrededor de los orígenes del teatro de revista, una especie de homenaje al musical francés, que no llega a producir hastío, aunque nunca se aparta del camino de baldosas amarillas dirigido, previsiblemente, hasta el paraíso de Oz.

Con un guión tan académico que el cinéfilo medio siempre irá un paso por delante de sus acontecimientos, una galería de secundarios de escuadra y cartabón, y un aspecto semejante al anuncio navideño de la ONCE, ensoñador y poco palpable, París, París puede ser un éxito entre el gran público que no le busque tres pies al gato de las emociones enlatadas. Sin embargo, costará que los que ya pensaban que Los chicos del coro andaba en el alambre del ternurismo aguanten otro empacho de buenos sentimientos.


Fuente: Javier Ocaña – EL PAIS, 8 de Abril de 2009

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