El Nuevo Herald Interminables piruetas sobre ruedas
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Hace ocho años, The Fast and the Furious lanzó a Vin Diesel a dudoso estrellato, escoltado por Paul Walker, pero en esa fecha ambos se negaron a continuar la serie sin sustancial aumento de salario o participación en la taquilla. Prosiguieron sin ellos hasta la tercera parte, que se trasladó a Tokio.
Ahora, tal parece que llegaron a un acuerdo y los renuentes regresan en la cuarta como si tal cosa y es como si no existieran las intermedias. Sólo los campeones de infalible memoria podrán responder en Jeopardy las preguntas de cómo y por dónde se cortó la hoy remendada soga.
Quizás más a tono con las circunstancias estará preguntar el número exacto de automóviles que se desbarataron para rellenar los interminables 107 minutos. No sólo chocan y estallan en llamas, sino que dan vueltas en el aire como trompos. El efecto es llamativo, pero lo repiten hasta el cansancio. Por supuesto que sin eso no habría película, porque aproximadamente el 80 por ciento del rodaje es sobre ruedas.
Dom Toretto (Diesel) jura vengar la muerte de Michelle Rodríguez, víctima del narcotraficante Campos, cuyo lucrativo chanchullo es transportar heroína en carros de carreras y a través de fronteras. Empieza en la República Dominicana y termina en México, adonde se llega por conveniente e improbable túnel subterráneo en la mejor secuencia de acción. Durante la doble cacería, O'Conner (Walker) hace causa común con su antiguo enemigo Toretto, tras seducir a su apática hermana (Jordana Brewster).
Inútil fue el esfuerzo, porque los tribunales no creen en el arrepentimiento de Toretto y lo sentencian a cadena perpetua sin indulto. Su renuente socio Walker le planea la fuga en un final interrupto que augura la quinta parte si vuelven a ponerse de acuerdo en los salarios. Todo muy predecible, porque en Fast & Furious la segunda línea del diálogo es ''Hay que hacer dinero''. El resto -descontando incendios e iniquidades- es hablar por hablar.
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