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LA BUENA VIDA     Calificación:   ★★★
 
EL MUNDO

Vidas cruzadas en Santiago de Chile
 

Cartel promocional de LA BUENA VIDA

Tras un título tan aparentemente optimista y cargado de buen rollo se esconde una película amargamente desoladora, fiel retrato de la ausencia de valores y las miserias morales que caracterizan las sociedades del bienestar contemporáneas. Un retrato que se centra en Santiago de Chile pero que resulta absolutamente extrapolable a cualquier otra ciudad de cualquier país desarrollado, llámese Madrid, Chicago o Sydney.

Para llevarlo a cabo, Andrés Wood -un cineasta que ya había demostrado con anteriores películas como 'La fiebre del loco' o 'Machuca' que el suyo es un nombre muy a tener en cuenta- apuesta por esa fórmula de vidas cruzadas (sin llegar a tocarse) tan en boga en el cine actual, añadiéndole mucho sentido del humor.

En concreto, cuatro: la de una psicóloga que trabaja en un centro de orientación sexual y se enfrenta al embarazo inesperado de su hija quinceañera; la de un peluquero con síndrome de Peter Pan que vive con su madre y es incapaz de asumir las responsabilidades de un adulto; la de un aspirante a músico que acaba convertido en carabinero, y la de una prostituta gravemente enferma preocupada por el futuro de su bebé.

Las cuatro historias, enriquecidas por una fascinante galería de secundarios, tienen su interés pero, como suele ocurrir, hay una que sobresale por encima de las demás: ese peluquero que borda Roberto Farías es tan entrañable como detestable y en él se juntan lo (poco) bueno y lo (mucho) malo que coexisten en el interior de cada ser humano.

Lo +: En una película tan coral como ésta, es fundamental la labor del reparto: todos sus miembros rayan a gran altura.

Lo -: En la historia de la prostituta enferma se echa de menos algo más de información sobre sus antecedentes y sus motivaciones.


Fuente: Alberto Luchini – METROPOLI, 10 de Abril de 2009

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