EL MUNDO Sexo en Nueva York, disparate en Madrid
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Una mujer fatal a la que le sobra belleza y le faltan escrúpulos, un hombre tímido arrastrado al abismo por la pasión y un tipo tan encantador como falso y despiadado son tres personajes habituales, casi imprescindibles, del cine negro clásico y los tres protagonistas de la ópera prima de Marcel Langenegger, un thriller que se pretende a la antigua usanza con el añadido de una fuerte carga sexual.
La cosa arranca prometedoramente, con Hugh Jackman introduciendo Ewan McGregor en una especie de secta de alto stánding cuyos miembros practican sexo entre sí sin conocerse. Allí encuentra a Michelle Williams, que le hace perder la cabeza, y comienzan sus problemas... y los de la película que, en lugar de explorar un universo que ofrecía un filón sumamente goloso, se decanta por los caminos trillados, plagados de lugares comunes y mil veces vistos.
Para colmo, el último tercio se desarrolla en una Madrid de postal y pandereta, maltratada por el director hasta el punto de colocar en plena calle de Alcalá un ¡Banco Nacional de San Sebastián!
Lo +: Las breves y muy sensuales apariciones de Natasha Henstridge y la siempre elegante Charlotte Rampling.
Lo -: La oportunidad perdida de explorar las más bajas pasiones de la alta sociedad neoyorquina.
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