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Avatar

Mentiras arriesgadas
 

Cartel Promocional de AVATAR

Al abandonar la sala, los espectadores salen noqueados y, en vez de comentar si la película les ha gustado o si la consideran buena o mala, prefieren limitarse a decir que lo que han visto es una película muy bien hecha. La reacción es sorprendente, sobre todo si tenemos en cuenta que, tradicionalmente, los motivos que acercaban el público a las salas no era el disfrute de un alarde tecnológico, sino el reconocimiento de un buen guión, de una buena interpretación o el resultado de una buena diversión. Avatar no funciona comercialmente según la lógica del cine clásico, sino con la de los blockbusters que han convertido la técnica en una gran atracción y las inversiones millonarias en un reclamo publicitario. No obstante, Avatar ha decidido ir más lejos y ha convertido su exhibicionismo tecnológico en la promesa de una nueva forma de ver cine. Su reclamo publicitario no se ha limitado a alardear de los 300 millones de euros invertidos en su producción, sino que ha querido establecer un ambicioso horizonte de expectativas que ha hecho creer a los consumidores que en el cine habría un antes y un después de Avatar. Después del estreno de la experiencia quedarían condenadas a la obsolescencia todas las películas bidimensionales y las imágenes 3-D se impondrían como gran alternativa de futuro. Ni Jean-Luc Godard, ni David Lynch, ni Martin Scorsese, ni Huo Hsiaohsien, ni Clint Eastwood, ni el cine filipino de Lav Diaz o Raya Martin tendrá sentido si no son capaces de reciclarse al 3-D. Todo el cine envejecerá veinte años ante las nuevas imágenes de Avatar. Hay pocos ejemplos en la historia del cine en que el grado de ambición y de superchería haya alcanzado cotas similares. Es por este motivo que hemos de admitir la existencia de un gran fracaso en Avatar, básicamente porque la experiencia no cumple ninguna de sus promesas, factor que la convierte en una película escandalosamente mentirosa.

Entre las promesas tejidas en torno a Avatar, la más escandalosa es la de su proyección en 3-D. Frente a unas imágenes estereoscópicas que durante el año 2008 han sido incapaces de superar la franja del infantilismo, ha llegado la hora de convencer a los adultos para que acepten la prótesis de las gafitas polarizadas. Avatar no plantea ninguna reflexión estética ni formal sobre cómo el uso de una nueva tecnología puede cambiar los diferentes niveles de la expresión cinematográfica ¿Qué es un plano en Avatar? ¿Qué es un travelling en 3-D? Lo único que interesa a James Cameron es cómo expandir la espectacularidad fílmica mediante nuevos efectismos. Tal como son usados los efectos resultan primarios, tienen menos impacto que las obras de animación reciente, a pesar de que la experiencia es en un sesenta por ciento una obra de dibujos animados. Si la gran aportación del 3-D consiste en que crea una nueva forma de ver la profundidad de campo, la verdad es que la transformación del espacio en una serie de capas superpuestas sabe a muy poca cosa. Los valores plásticos de la fotografía quedan diluidos y la imagen adquiere una tonalidad muy metalizada.

Una vieja historia

Al final de la función, la sensación que provoca Avatar es que sus tres dimensiones brillan menos en las grandes batallas que en los interiores, que sus paisajes infográficos no necesitan tomar relieve porque son terriblemente kitsch y que su montaje ha sido más pensado desde una perspectiva bidimensional que tridimensional. Es cierto que a nivel tecnológico incorpora algunos elementos interesantes y que en su millonaria inversión existe una cierta profesionalidad. Las imágenes más nuevas tienen que ver con el modo en cómo construye un cuerpo. De hecho, el elemento más inquietante de su trama surge cuando nos sugiere la transformación de un cuerpo real en un cuerpo de síntesis. Parece como si la resurrección del marine Jack Sully en el cuerpo de un indio del planeta Navi fuera la celebración del acto de usurpación del cuerpo humano por su doble virtual, como si las imágenes CGI celebraran haber dado un gran paso en el sueño de suplantar las criaturas humanas por sus dobles animados.

La fascinación tecnológica que en el público ejerce la atracción de Avatar provoca que no exista un verdadero debate crítico en torno a su relato, sus métodos narrativos o incluso en torno a los modelos estéticos que se ponen en juego. Es en el análisis de todos estos aspectos donde la promesa de novedad acaba derrumbándose. Cameron construye una historia terriblemente vieja, la cuenta jugando con unas bazas sentimentales anacrónicas y con una estética feísta en la que los delirios zen mal digeridos alternan con el ecologismo new age más simplón. Si todos estos elementos deben definir el futuro del cine, la verdad es que la experiencia resulta patética. Si analizamos la historia del film veremos que ésta actúa como un auténtico mix de El último mohicano, Pocahontas, Un hombre llamado caballo, Pequeño gran hombre, La selva esmeralda o Bailando con lobos. Todos estos relatos -con la excepción de la película de John Boorman- nos hablan de raíces míticas del continente americano, como un espacio en el que existía un paraíso ancestral que fue agredido por el hombre civilizado, generando con su gesto el pecado original. En todos ellos, la existencia del pecado es determinante. Una vez destruido el Paraíso no puede regenerarse. Adán y Eva son expulsados y la nueva América debe sentar sus bases asumiendo el peso de la culpa. Avatar nos habla de la mala conciencia blanca, incluso podríamos llegar a verla como una metáfora sobre la mala conciencia generada por la invasión en Irak, pero su mecanismo es tan convencional que es incapaz de asumir el pecado. La chica protagonista tiene que dejar caer su lagrimita mientras suenan los violines y el caos desaparece frente a la armonía. En el fondo, la experiencia es incapaz de superar un estadio de un infantilismo en que todo es muy simple. El malo está diseñado con un trazo tan grueso que no funciona ni como caricatura y la pareja protagonista tiene tan poca psicología que acaba siendo la quintaesencia de una pareja naif.

Eficacia y buen ritmo

Es cierto que, si hubiéramos dejamos de lado las mentiras arriesgadas que han acompañado la difusión de la película, quizás tendríamos menos prejuicios en reconocer que James Cameron es un brillante creador de grandes espectáculos y que posee esa fórmula mágica capaz de atrapar a un público previamente convencido con sus alardes. La película tiene buen ritmo, los cinco actos en que se desarrolla la acción se digieren con comodidad y hay algunos recursos eficaces como la interpretación que hace del mito de la frontera situándolo entre lo real y lo virtual. No obstante, si de algo adolece la imaginación de Cameron es de sentido del humor. Avatar podría incluso llegar a ser aceptable si construyera paisajes más bellos y no hinchara la grandilocuencia de sus batallas finales con unos compases musicales propios de una mala imitación del Carmina Burana. James Cameron no es el rey del mundo, pero tampoco, a pesar de las mentiras, es un impostor al estilo de Michael Bay.


Fuente: Angel Quintana - CAHIERS DU CINEMA ESPAÑA, Enero de 2010

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