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LA VANGUARDIA
‘Una mujer en África’, La rabia sofocada por la opresión colonial

El efecto de la luna


Imagen de María (interpretada por Isabelle Huppert) en plena sabana africana

Arrastrados por el miedo a la caída, los personajes de Claire Denis se precipitan hacia ella y participan de una secreta afinidad con la tierra. En una de las primeras secuencias de Una mujer en África, María (Isabelle Huppert) atraviesa la sabana a lomos de una motocicleta, sin manos y ofreciendo su rostro al cielo hasta que una sandalia en medio del camino, semienterrada, le hace detenerse. Con inquietud, la cámara busca, más allá de una camisa abandonada, el cadáver que pudo haberla ocupado, pero sólo da con el propio rostro de María, la cantinela de un transistor y, de forma súbita, el batir de las aspas de un helicóptero que la exhorta a abandonar el cafetal.

  

Desde el polvo del camino, la aparición de esa sandalia despliega un segundo eco de fatalidad cuando, entre los cestos llenos de bayas de café maduras que María vierte en el silo de la máquina despulpadora, aparece la cabeza sanguinolenta de un carnero. Al primer plano de la cabeza, sepultada entre el rojo cegador del café, le sucede de inmediato su destino, el hoyo que María se apresura a escarbar para ocultar esa advertencia lanzada contra todos los miembros de la plantación Vial. “Vamos a morir todos” masculla con ira su exmarido André (Christopher Lambert) apenas desentierra el hocico del animal muerto, que María arroja, de un puntapié, fuera de campo.

 

A lo largo de la película y desde ese fuera de campo, el machete bajo el que el cráneo del carnero cae no deja de amolar su filo a la espera de destronar una nueva cabeza, en medio de la guerra civil que asola una región indeterminada del África Occidental.

 

Para Claire Denis, África no existe; es sólo el nombre que se extiende sobre el manto de una tierra viva dispuesta a engullir a los vivos y vengar a los muertos, un humus fértil y poroso a cada instante más joven. Cada uno de los personajes atrapados en el laberinto africano tiene ya su horma en la anatomía de una tumba dispuesta a devorarlo. Filmar la tierra es acompañarla en su dureza, en su gravedad, en su voracidad tambiény si otras películas de Denis como Trouble Every Day (Amor caníbal, 2001) y El intruso cobijan en el centro de su relato la inhumación de un cadáver mudo, Una mujer en África es la espera de una  exhumación, la de la rabia sofocada por la opresión colonial. Sin embargo, Claire Denis no explica sino que despliega sus encuadres flotantes, a veces cercanos a los de Philippe Grandrieux, sobre la imposibilidad que María y el resto de personajes tienen para hallar su propio lugar, atrapados ante la necesidad de caer desde una altura en realidad nunca alcanzada y ascender desde una sepultura en ocasiones demasiado inaccesible, custodiada por el fuego que antes o después la acaba cercando.

 

El fuego que acompaña en todo momento al hijo de María, Manuel, un intruso en África y en su propia familia, es el mismo que consume la monstruosidad de la vampira Coré en Trouble Every Day. Las llamas crepitan en torno a un yo demasiado tenso, sobre el que la cámara se mantiene en un estado de perpetua vigilia, encaminada hacia la destrucción de su propia fuente de inspiración. Desde la  hoguera, la musa y la catástrofe se convierten en una misma cosa para la Denis. Elaborado junto a la escritora Marie N'Diaye, el guión de Una mujer en África articula entre los personajes de María, Manuel, André y Henry (Michel Subor), el patriarca de los Vial, un ir y venir que transforma todas las travesías africanas, de Rider Haggard a Kapuscinsky, en un recorrido circular. Si El intruso doblega las fuentes de la aventura clásica siguiendo el camino de Stevenson hacia los mares del Sur y la coreográfica Beau travail toma como punto de partida una novela de Melville, Una mujer en África invoca al Joseph Conrad de El corazón de las tinieblas, pero también el África sórdida, sin nombres, librada a la tierra, de Georges Simenon. La oscuridad que cincela el rostro yerto del líder rebelde y el de María al final de Una mujer en África es, como para el Joseph Timar de El efecto de la luna, un “coup de lune” (un “golpe de luna”), la raíz de un delirio que le lleva a gritar, al emprender su regreso a Francia, “¡África no existe!”. |





INVASIÓN A LA TIERRA   Calificación:   ★★

Marcianos 'à la Greengrass'


Cartel Promocional de INVASION A LA TIERRA

Hace relativamente poco tiempo, Steven Spielberg demostró que todavía era posible, en el cine de invasores alienígenas, un cierto clasicismo. Pero el género tiene hoy unas fuentes formales de muy distinto orden, de la estética de reportaje televisivo (District 9) a la de vídeo doméstico (Monstruoso, fuera  el bicho de origen extraterrestre o no), pasando por, digámoslo así, el modelo Sundance (Monsters).

 

Invasión a la Tierra circula también por el carril posmoderno, pues aquí el director Jonathan  Liebesman apuesta por un estilo muy Paul Greengrass, y pensamos en el Greengrass de Green zone. El enemigo es de otro planeta y lo vemos atacar California, pero podría ser perfectamente Iraq el escenario, las tropas de Sadam Husein los rivales y  pocas cosas cambiarían.

 

Porque de lo que se trata es de ver luchar  enconadamente, desde helicóptero o a ras de tierra, entre las ruinas, a  un grupo de marines en su defensa de  la tierra, el hogar, la familia y la patria, así mismo lo exponen. Los planos muy cortos, la  cámara siempre en movimiento, en perpetuo estado de nerviosismo.

 

Como espectáculo, Invasión a la Tierra es pasablemente aceptable, pero no propone ideas  nuevas ni formula otro discurso como no sea el del sempiterno coraje de los  soldados yanquis, siempre dispuestos a salvar al mundo aun en sus  momentos más apocalípticos.

 

Larga y reiterativa (cada ataque, con su  correspondiente defensa, es prácticamente igual al anterior y al posterior), cuenta además con la presencia, por enésima vez en plan guerrera brava, de Michelle Rodríguez, que ya es un género en sí misma, y más bien temible.





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© lasest · 2006