ABC Comedia visceral, drama austral
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Reza el dicho que a los hombres se los gana por el estómago y esta película, de título explícito, viene a ser su confirmación. En la cinta, un paria semianalfabeto llega a la gran ciudad en busca del «gran sueño brasileño», si acaso existe tal cosa fuera de las canchas de fútbol y las pasarelas. Raimundo Nonato encuentra cobijo en un bar, donde trabajará como un esclavo a cambio de comida y un jergón. En un montaje paralelo, vemos cómo el protagonista (impresionante Joao Miguel, quien más que un actor parece un «nordestino» de verdad) sobrevive en la cárcel de la misma con las mismas armas que en su prisión exterior, merced a su talento como cocinero. Estamos pues ante un filme gastronómico, en el que los platos desfilan apetitosos y humeantes ante nuestros ojos, un recurso del que el cine no se cansa de extraer exquisitos manjares. Nos encontramos también ante un drama de intriga, entreverado de crítica social, que resuelve a fuego lento el misterio de por qué un hombre tan sencillo acaba en el talego.
Que el cine es capaz de incitar al pecado capital lo prueban infinidad de títulos: el huevo frito de «Maravillas», las perdices de «El festín de Babetth», los dulces de «Chocolat», los pechos con sabor a tortilla de patata de «Jamón, jamón», la comida oriental de «Comer, vivir, amar» e incluso los de su versión recalentada y mestiza en «Tortilla soup»... Los ejemplos son incontables, hasta llegar a la magistral «Ratatouille». La novedad que plantea Marcos Jorge es su entrega a la cocina popular, de tasca. El director brasileño se aleja de los grandes chefs y se adentra en el bar más cutre y en la prisión más sucia del Brasil, donde es casi imprescindible la figura del barraqueiro, encargado de mejorar la comida (es un decir) que se sirve en cada celda. Con cuatro especias del mercado negro y una pizca de buen gusto, Nonato mejora las condiciones de vida de sus semejantes y adquiere un poder cada vez mayor. Si en libertad resolvía sus necesidades sexuales a cambio de coxinhas, entre rejas se gana los favores de los capos convirtiendo el rancho en delicatessen.
Jorge define su cinta como un plato fuerte, a veces salado, en ocasiones dulce y con un toque amargo al final, y es verdad que no es apto para cualquier paladar, pero a excepción de los tiquismiquis, no es difícil quedar saciado con este banquete cinematográfico.
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