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SEÑALES DEL FUTURO     Calificación:   ★★ (Sobre cuatro)
 
LA VANGUARDIA

Serie B con hinchazón
 

Cartel promocional de SEÑALES DE FUTURO

Pintor contumaz de futuros caóticos, Alex Proyas dejó al amante de la ciencia ficción un recuerdo imborrable con las imágenes potentísimas de Dark city, una obra fundamental del género cuyo prestigio crece con el tiempo, y años después rodó una aceptable adaptación de Asimov, Yo, robot. Fiel a su mundo, ahora nos ofrece estas interesantes Señales del futuro, según un relato de Ryne Douglas Pearson. Su primera hora es espléndida, inquietante, se mete al espectador en el bolsillo en un periquete. El prólogo, situado en 1959, nos presenta a una niña introvertida con un don especial, se diría que abducida por el alma de Nostradamus. El caso es que la escuela donde estudia se propone enterrar una suerte de cofre con los dibujos con que cada niño interpreta el futuro, que se abrirá cuando la institución cumpla cincuenta años. Pero la niña no hace un dibujo, sino que llena una hoja de números, por delante y por detrás. Esa hoja, ya en nuestros días, caerá en las manos de un astrofísico viudo y con hijo, que pronto la descifrará: esos números coinciden exactamente con las fechas de las peores catástrofes de la humanidad del último medio siglo. Y quedan tres fechas por delante, tres posibles desastres inminentes.

Con impecable caligrafía, Proyas conduce firmemente esta persuasiva premisa hasta donde puede. Porque la segunda parte de Señales del futuro no está ni mucho menos a la altura de la primera. La aparición de unos enigmáticos susurradores y la de unas piedrecitas no menos misteriosas dan un golpe de timón a la trama, que rebaja su interés hasta desembocar en un clímax que parece la versión cutre del Spielberg de Encuentros en la tercera fase o E. T., rematado por un plano final, de claros ecos bíblicos, entre kitsch y naif. Con todo, esta es una película ebria de ciencia ficción de buena ley. Aunque luce como superproducción (las catástrofes del avión y el metro son impactantes), posee el espíritu de la mejor serie B: concebida por Rod Serling y ejecutada por Jacques Tourneur (o Shyamalan), habría sido una obra maestra rotunda.


Fuente: Jordi Batlle Caminal – LA VANGUARDIA, 9 de Abril de 2009

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