LA VANGUARDIA Papá piernas largas
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Es sin duda una temeridad, por no decir un suicidio artístico, viajar del planeta Ealing a la galaxia Tornatore, pasando además por la constelación Mary Poppins. Ese es el itinerario que ha dibujado Kirk Jones en los tres largometrajes hasta la fecha. Empezó con buen pie, evocando la clásica comedia inglesa de los Mackendrick, Cornelius y compañía en la tierna y mordaz Despertando a Ned. Dirigió años después La niñera mágica, vehículo para una Emma Thompson disfrazada de bruja, y ahora cambia de nuevo de tercio brindándonos Todos están bien, que es el remake de Están todos bien, drama sentimental de Giuseppe Tornatore.
De Niro, provisto de sus habituales tics pero con un toque de genuina emotividad, toma el relevo del memorable Mastroianni. Es un viudo reciente que invita a sus cuatro hijos a una comida en su casa que prepara con sumo mimo. Pero como sea que, con excusas más bien peregrinas, ninguno acude a la cita, decide ir a visitarlos por sorpresa allí donde viven (Nueva York, Chicago, Las Vegas…: todo un Papá Piernas Largas).
Encontrará a un hijo y a las dos hijas, pero ni rastro del tercero, cuya suerte nosotros sí vamos descubriendo. Y encontrará, sobre todo, hostilidad, mentiras, todo lo que puedan imaginarse para desmentir el título de la obra. Mantecosa, casi siempre de un sentimentalismo forzado y propenso a la lágrima fácil y con tendencia al subrayado, Todos están bien habla de los sabores agridulces de la vida, de las pérdidas, las distancias, las frustraciones, los sueños rotos, el choque generacional… No es un filme particularmente ofensivo, pero la canción nos la sabemos de memoria. El de Tornatore, irregular pero superior a este, proponía un pertinente comentario sobre la Italia de entonces que aquí no se ha traducido a la América de Obama.
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