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Valor de ley
VALOR DE LEY   Calificación:   ★★★★

Un infalible parche en el ojo


Cartel Promocional de VALOR DE LEY

Solo los genios saben hacer lo mismo pero de otra manera, y la frase sirve igual para la tortilla de patatas de Ferran Adrià como para el «Valor de ley» de los Coen, que toma la novela de Charles Portis y calca la película que hizo hace medio siglo Henry Hathaway de un modo completamente distinto. Y parece como si no hubiera más pregunta que esta: pero, ¿cuál es mejor? Pues, ninguna es mejor. La historia es la misma: una niña contrata a un sheriff tuerto, bruto y borrachín para que encuentre al tipo que mató miserablemente a su padre; los personajes y los diálogos son gemelos; el punto de vista, la estructura, la tesis y la emoción son clavados y equivalentes, ¿Cómo es posible, entonces, que los Coen consigan algo nuevo, con personalidad, a la altura o superior al clásico que le precede, que aporte magia, crueldad, amargura, sentido del humor, acidez, melancolía y hasta picardía a la película de Hathaway?

 

El arranque de cada una de ellas es también su sello: Hathaway comenzaba la historia en la casa familiar, ambiente primaveral, optimista, los personajes, la chiquilla, para después recrear el vil asesinato del padre. Los Coen prefieren ir al grano y arrancan con el cadáver del padre y el relato en off de la niña adornado en un tono de perverso cuento infantil. Una se cubre de una piel familiar, cercana, humana, diurna, cálida y la otra se recubre de negrura, comicidad, fantasía, nocturnidad, también humanidad. ¿Cuál prefiere usted?... ¿John Wayne o Jeff Bridges?... Son y dicen lo mismo, tienen el mismo parche en el ojo y en el cerebro (aunque uno, Wayne, cumple su promesa de enterrar a los muertos, mientras que el otro, Bridges, se pasa su promesa por el forro): son el mismo pero consiguen ser absolutamente distintos y provocar iguales emociones y parecida épica, y se acercan con el mismo sigilo hasta el corazón de la niña (Hailee Steinfeld).

 

El gran trabajo de los Coen consiste en cambiarle el clima al trayecto, en arriesgarse al apagar la luz, en trastocar el género (una pradera en la que podría aparecer en cualquier momento Robert Mitchum tarareando una nana y con la palabra odio tatuada en los nudillos), en alternar un prodigioso y abierto plano general con una cámara que se acerca demasiado a sus horribles personajes y que es capaz de verlos casi como bichos y aplastarlos contra la inmensidad de los paisajes. Y el mayor riesgo de todos: darle matarile a la mejor escena final de Hathaway en el cementerio, cambiándosela por un puñado de tiempo, y que, sorprendentemente, ambos momentos dejen el mismo rastro de soledad o tristeza.





VALOR DE LEY   Calificación:   ★★★★

Un western sin parches


Cartel Promocional de VALOR DE LEY

Durante el rodaje en 1961 de Dos cabalgan juntos, John Ford ordenó repetir una escena mientras gritaba, aludiendo a James Stewart y Richard Widmark, ambos con peluquín y duros de oído: "¡Cincuenta años en este negocio para acabar dirigiendo a un par de calvos que están sordos!". En 1969, sin embargo, Ford felicitó a un ya sexagenario John Wayne, por haber interpretado Valor de ley, western de Henry Hathaway por el que ganó un Oscar.

 

Cuatro décadas más tarde, la santa y siempre ingeniosa hermandad de los Coen recupera la novela True Grit, del enigmático y antiguo periodista Charles Portis, cuyos personajes también habían transitado por una telemovie de 1978, con Warren Oates en el personaje encarnado primero por Wayne y ahora por Jeff Bridges. Aunque Fargo, Muerte entre las flores y No es país para viejos deparaban resonancias de western, el salto de los Coen a este género hoy en desuso no difiere del universo que siempre les ha fascinado. Una Norteamérica profunda, donde impera la ley del más fuerte y el resentimiento.

 

Valor de ley es la historia de una venganza. Quien la planea es una adolescente (gran debut en el cine de Hailee Steinfeld) que en el viejo Oeste de 1870, y para vengar el asesinato de su padre, contrata a un veterano y alcoholizado sheriff (Bridges), que ejercerá de padre sustitutivo. Tan dramática experiencia ha transformado a esta niña en un ser que se debate entre una madurez precoz y el dolor del recuerdo.

 

Por azares del cine, esa joven debía ser interpretada en la primera versión de Valor de ley por Mia Farrow, pero Robert Mitchum le aconsejó que rechazara la oferta, tildando a Hathaway de tirano intratable. Mitchum había sido el enloquecido predicador de La noche del cazador, tenebrosa (y única) película dirigida por Charles Laughton, cuyo influjo se percibe en esta obra de los Coen. Un western sin parches, salvo el que luce Bridges en un ojo y que ya lucía Wayne.





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© lasest · 2006